lunes, 14 de junio de 2010

Los Hijos del Sol Naciente



Como cada lunes, acudo a mi sentimental y obligada cita con mis raíces más nobles y genuinas: mi visita a San Nicolás de Bari. Allí me esperan impolutos un reguero de recuerdos y sensaciones que, curiosamente, parecen renovarse cada mágico lunes en el calendario. La Reina de la Judería es la misma; el Señor de la Salud es el mismo; igual sigue el altar al Sagrado Corazón donde se casaron mis padres y, continúa en la misma ubicación la pila bautismal. La misma en la que mis hermanos y quien estos folios emborrona recibimos las dulces aguas de la cristiandad. Todo permanece igual en este sacrosanto lugar de la Judería sevillana (incluyendo un peculiar olor a madera antigua, quedando eliminado transitoriamente cuando la Candelaria inicia su esplendido y efímero reinado en su paso de palio). Somos nosotros los que al igual que en la novela de Marcel Proust (“En busca del tiempo perdido”) hemos cambiado. Los años se han apoderado de nuestros cuerpos y nuestras almas y, ahora en plena madurez, nos buscamos a través de las cosas cotidianas del pasado (Proust lo hacía en una magdalena mojada en el té, y yo percibo el ayer comprando una “regañá” en el Horno de las Doncellas). No solamente recorremos por medio del rito estos caminos sentimentales y espirituales, más bien es una manera de reencontrarnos con las sombras del pasado, para proyectarlas en luminosos halos de luz hacia el futuro. Vivimos con la esperanza de ser recordados por aquellos que tomen el relevo en esta carrera de sentimientos y tradiciones. No son eslabones engarzados en la cadena de los tópicos (como muchos pretenden y argumentan), más bien al contrario: intentamos dar sentido a nuestro pasado más noble, proyectándolo amorosamente hacia nuestros herederos sentimentales.

Por motivos estrictamente familiares, mi ruta “lunera” hacia San Nicolás ha variado de trayecto. Ya no encaro mi destino candelario por calle Federico Rubio hasta desembocar en la Plaza de Ramón Ybarra. Ahora lo hago a través de la Puerta de la Carne. Arranco en el semáforo de Casa Coronado con la antigua Casa Cobo y, siempre caminando en línea recta, me planto (valga la redundancia) a las plantas de la Candelaria. Hermoso y gratificante me resulta este recorrido peatonal “puertalacarnero”. Compruebo con satisfacción que, junto al entorno de San Lorenzo, me encuentro ante uno de los enclaves urbanísticos mejor conservados de Sevilla. Sus Casas-Palacios magníficamente restauradas están convertidas hoy en excelsos hoteles y administraciones de la Junta (imprescindible entrar por el Callejón Dos Hermanas y visitar el hotel “Las Casas de la Judería. Pura delicia para los sentires más genuinamente sevillanos). Con una de las iglesias más desconocidas y hermosas de nuestra Ciudad, la de Santa María de las Nieves (vulgo Santa María la Blanca), hoy a la espera de una imprescindible –y tardía- restauración que la devuelva a su antiguo esplendor. Configurada como una autentica joya del primer barroco andaluz. Todavía quedan por estos lares antiguos establecimientos que nos retrotraen a un tiempo pasado. Allí permanecen contra viento y marea la Freiduría en la frontera con Cano y Cueto; Calzados las Tres B; el Restaurante “El 3 de Oro; el Kiosco de Prensa y a sus espaldas, junto a la casa donde moró el insigne escritor José María Izquierdo, la Peña Bética Puerta de la Carne (decana de todas las peñas verdolagas). Pero, evidentemente, este querido entorno no podía resultar ajeno a esta marea amarilla que invade nuestra Ciudad: la de los Hijos del Sol Naciente.

Están por todas partes y la Puerta de la Carne no podía ser una excepción. Observo que han montado un nuevo restaurante chino justo enfrente de la antigua y añorada Confitería Castro. Dulce territorio del ayer de pitisús de chocolates, medias lunas, sultanas de coco y crujientes melojas. Pues allí, dándose de cara con esta desaparecida Capilla Sixtina del dulcerío más exquisito, nos estarán esperando los rollitos de primavera, precisamente en una Ciudad que es cualquier cosa menos un rollo primaveral. Aquí no existe mayor verdad que aquella dimanante de esos añorados y soñados días. Podemos ya constatar con rotundidad, que esta pacifica invasión asiática es un hecho consumado en nuestra tierra. Paso camino del Museo de Bellas Artes por la calle Alfonso XII y, justo enfrente de la Peña el Búcaro, observo un restaurante asiático. Al lado estaba en su día ubicada una biblioteca pública (hoy interesa antes que crear bibliotecas inaugurar campos de césped artificial) Ignoro que inventaron antes los chinos si la imprenta o la pólvora. Da igual: imprimimos las hojas en blanco de la desidia sevillana, mientras que procuramos que los delanteros de las barriadas periféricas no tengan “la pólvora mojá”. La misma semana acudo a través de la Alameda a mi visita semanal al mercadillo del Jueves y, compruebo sorprendido, que la antigua y muy flamenca “Las 7 Puertas” es ya hoy día un restaurante japonés. Cantes de vino y luna que ayer arañaban las paredes del alma y hoy son reciclados en samuráis haciéndose el harakiri. ¿Cuántos restaurantes asiáticos puede haber en Sevilla en la actualidad? Supongo que serán numerosos y cuya prosperidad estará íntimamente ligada a nuestra novelería culinaria. Lo que ayer conocíamos como “las tiendas de los veinte duros”, hoy ya han pasado a denominarse: “las tiendas de los chinos”. Todo sea bienvenido para cumplimentar nuestras necesidades de consumidores compulsivos, inmersos en una crisis galopante. Chinos y japoneses están llamados a comandar la Sociedad en un futuro no muy lejano. Son enormemente laboriosos y con una extraordinaria inteligencia que nace de la paciencia y la perseverancia. Son capaces hasta de asimilar como “ejecutantes” nuestro singular Flamenco. Tocan la guitarra, bailan e incluso son capaces de entonarse por Soleá. A pesar de las dificultades que les supone entender nuestra lengua y nuestro peculiar acento andaluz, cuando alguien les pide en una de sus tiendas “un cacharro pa calentá la leche”, acuden prestos y le traen un recipiente metálico para tal menester. China: República Independiente de Sevilla, ¿o no?

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