viernes, 12 de marzo de 2010

Conversaciones en la Basílica


Desde que de niño acompañaba a mi abuela a San Lorenzo para ver al Señor de Sevilla, siempre llamó poderosamente mi atención la forma en que ella se dirigía al Gran Poder. No lo hacia rezando sino susurrando. Establecia con El un dialogo que escapaba al estrecho círculo de los rezos cristianos. Aquello era otra cosa bien distinta. Le contaba sus sinsabores, anhelos y preocupaciones, y de vez en cuando, mantenía un corto silencio con la mirada puesta fijamente en Aquel que todo lo puede. Comprobé, dentro de mi curiosidad infantil, que las demás mujeres conversaban con el Señor de forma parecida a la de mi abuela Teresa. Mi madre –a la que he acompañado por la Senda de los Suspiros estos últimos treinta años- mantenía las misma pautas de comportamiento ante la divina presencia del Señor. Las pausas que hacían las mujeres en sus susurradas plegarias me producían una cierta incertumbre. Parecía como si esperaran respuestas a sus desvelos. Recuerdo que un día ya de vuelta por la calle Amor de Dios le pregunté de sopetón:



-- Abuela, ¿el Señor te contesta cuando tu le hablas?.



-- ¿Tu que crees¿--, me preguntó a su vez.



-- Yo que si—le contesté rotundo desde mi inocencia infantil.



-- Pues hay está. Todo consiste en tener fe—me dijo de manera definitiva.



Teología al más puro estilo sevillano. Una lección que nunca olvidaré y que desde mis entonces inocentes nueve años llevo adherida a las paredes del alma. Incluso en mi navegar por el barco de los agnósticos nunca olvidé aquella majestuosa muestra de fe y sevillanía. Llegué a la definitiva conclusión que las mujeres sevillanas van al Gran Poder para buscar consuelo, y de paso para reconfortarlo a El también.





Al Señor del Gran Podé

le vi a quitá las espinas;

porque yo no puedo vé

por esa cara divina

gotas de sangre corré.





Las ciudades tienen un esqueleto que son sus monumentos y sus casas. Son testimonios y hermosos ejemplos de su Historia. Luego están sus arterias que son sus calles y plazas. Los riegos sanguíneos que les dan vida, provienen de los sentimientos y la nobleza de su gente. Respiran a través de sus parques y jardines. Se eternizan ancladas en las obras inmortales de sus hijos más preclaros y talentosos. Ven por los ojos de sus puentes. Se ennoblecen a través de sus tradiciones más genuinas. Todas tienen un centro neurálgico, asumido por sus habitantes del ayer, el hoy y el mañana como el Corazón de la Ciudad. En Sevilla este palpita en San Lorenzo. Allí donde habita desde hace siglos el Señor de Sevilla. Allí donde nos imparte su diaria y eterna lección de fe y dolor compartido. Penas ajenas asumidas como suyas por Aquel que lleva las del mundo atadas a su pesado y divino madero. Siempre solidario con el dolor ajeno, a pesar de que el suyo es insostenible. Benevolente con sus adversarios, a pesar de que estos lo han machacado.





Eterno banderín de enganche de la pena

en tu cuerpo el dolor buscó sudario;

Tu que podías cambiar el lirio en azucena

cambiaste nuestra cruz por tu Calvario.







Pronto, muy pronto, si no lo impide las inclemencias del tiempo que propician los chubascos intermitentes, y el falaz comportamiento “cívico” de los que van a la bulla a armar “su bulla”, lo veremos andar por las calles intramuros de la Ciudad. Ese dia será El quien venga por unas cortas horas en busca de nosotros. Paseará su eterna lección de misericordia por las calles de su Barrio. El mismo que permanece felizmente inalterable a los desmanes urbanísticos. Barrio siempre eterno porque en él esta instalada eternamente su divina presencia. ¡Imposible imaginar al Gran Poder habitando lejos de San Lorenzo!.



Muchos enfundados en sus tunicas de ruán le acompañarán en su deambular callejero por la eterna Madrugá sevillana. Otros apretujados entre la gente lo verán pasar silenciosos y absortos. Yo lo soñaré pensativo desde la lejanía de mi casa, con el hombro felizmente dolorido después de acompañar a mi Señor de la Pasión. Contemplaremos, en cualquiera de las circunstancias, su rostro marchito por el dolor y la pena. Nuestros ojos al verlo –o soñarlo- se pelearán con lágrimas que pugnan por salir, pero que solo dejarán entrever su brillo, para no cargar más su dolor. Volverá al alba henchido de sombra y luz hacia su Casa, y ya la Ciudad habrá pasado una nueva página de su Historia sentimental y espiritual. Su paso por calles y plazuelas dejará una semilla de amor y fe solo apreciada por los limpios de corazón. Un día, le pregunté a un viejo anarquista sevillano, al que encontré en la puerta de la Basílica mientrás esperaba a su mujer:



--Joaquín, ¿no entras a ver al Gran Poder?.



--No miarma, estoy mejor fuera—



--Hombre, tampoco por verlo vas a dejar de ser ateo—le dije.



-- No, no es por eso. Es que se que si lo miro dos veces volveré a creer en Dios.

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